28/03/09
Hace días que la fila de gente agobiada (y asustada) por la fiebre no se achica nunca -salvo en la hora de la siesta, cuando parece que no hay desesperación que pueda vencer al calor-. El dengue apareció aquí en Charata de tal modo que da la sensación que por el hospital o por la carpa de Emergencia Sanitaria terminarán pasando los 30 mil habitantes: el que no tiene o tuvo dengue conoce a alguien que sí lo sufrió. La enfermedad tomó Charata y el estado de psicosis no está sólo en la cabeza de los pobres: de millonarios a marginados, todos le temen al mosquito infectado.
Rodolfo Paz vive en un rancho que podría derretirse bajo este sol de mediodía. Tiene 78 años, un ojo tapado por la catarata y los pies en la palangana para bajar la sensación térmica. Su cuerpo, vigoroso pese al tiempo, y sus manos callosas demuestran que aún sobrevive trabajando. Hace dos días que tiene los síntomas del dengue, y la pasa muy mal. "Ayer gritaba del dolor, el dengue duele hasta los huesos. Es como que las piernas no son tuyas, no dan ganas de comer y volás de fiebre", transpira al contar su enfermedad. En su casa de Barrio Norte, el dengue sobrevuela hace un mes: su mujer Dora y sus cuatro hijos también lo sufrieron. "El barrio entero anduvo enfermo", avisa Dora (66), antes de acomodar los baldes con agua que le servirán para tomar y lavar de acá al lunes, porque el Municipio corta la única canilla que tienen (en el "patio") el fin de semana.
En Charata, la vía de un ferrocarril extinguido divide muchas cosas. De un lado están los pobres. Del otro, los ricos (que viven de la soja) y la clase media (que vive de los ricos). Pero el dengue cruzó la barrera, lo que aquí es casi como cruzar el tiempo. "El primer foco fue en Barrio Norte, pero ahora está en toda la ciudad, las autoridades ya no lo pueden ocultar más", dice Noemí, empleada de un local de ropa. Su marido está en cama hace varios días. Le duelen los ojos, los huesos y tiene entre 38 y 40 de temperatura. Se vacunó contra la fiebre amarilla por las dudas, "porque acá todo el mundo estaba abandonando Charata, aunque igual se enfermó", relata. Y Lucía, una compañera de trabajo, asiente y advierte: "Yo estuve con vómitos y fiebre. Hay que andar con cuidado y con el repelente listo para ponérselo cada dos horas".Ninguna de las dos cosas parece ser suficiente del lado mísero de Charata. Ni el cuidado ni el repelente, que aquí cuesta 15 pesos más que en Buenos Aires, y 10 más que en Resistencia. "Somos pobres e ignorantes. Nos dieron repelente que ya se acabó y no tenemos para comprar. Nadie vino a decirnos cómo hay que prevenirse", dice Paz mirando a los ojos, seguramente sin saber que ayer hubo una charla en la que personal del Ministerio de Salud nacional explicó eso a unos veinte vecinos que se acercaron al Club Juventud. Raúl Sánchez (31) está igual de desorientado. Vive en una casucha de chapa y plásticos con sus siete hijos y su esposa, pero sólo él se enfermó por ahora. "Me lo saqué tomando vino con mucho limón, para qué voy a ir al hospital, ¿para que me den una aspirina?", protesta entre tierra, moscas y niños.
Del otro lado de la vía, la realidad social es lógicamente antagónica. A los vecinos sólo los une el dengue (y la más que probable relación jefe-empleado). Graciela Dionisi nació en Charata, es productora agropecuaria y dueña de una de las mansiones que adornan este pueblo paradójico. "Todos mis empleados tuvieron dengue. Yo tengo aire acondicionado, puedo comprar repelente y agua mineral. Pero ojo, igual lo sufro: vivimos encerrados, mi hija no quiere salir de la casa", cuenta con un pie en su 4x4. Antes de subirse, apunta a la falta de información oficial que abundó hasta hace tres días, cuando pasó de haber 200 infectados según el Gobierno provincial, a más de 1.000, según Nación: "Se propagó porque lo ocultaron", acusa y se va, perfumada en Off.
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martes, 31 de marzo de 2009
"El dengue duele hasta los huesos"
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